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2008/10/06

BENEDICTO XVI al Mundo de la Cultura

VIAJE APOSTÓLICO
A FRANCIA CON OCASIÓN DEL 150° ANIVERSARIO
DE LAS APARICIONES DE LOURDES
(12 - 15 DE SEPTIEMBRE DE 2008)

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ENCUENTRO CON EL MUNDO DE LA CULTURA
EN EL COLLÈGE DES BERNARDINS

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Viernes 12 de septiembre de 2008

Señor Cardenal,
Señora Ministra de la Cultura,
Señor Alcalde,
Señor Canciller del Instituto de Francia,
Queridos amigos
:

Gracias, Señor Cardenal, por sus amables palabras. Nos encontramos en un lugar histórico, edificado por los hijos de san Bernardo de Claraval y que su gran predecesor, el recordado Cardenal Jean-Marie Lustiger, quiso como centro de diálogo entre la sabiduría cristiana y las corrientes culturales, intelectuales y artísticas de la sociedad actual. Saludo en particular a la Señora Ministra de la Cultura, que representa al Gobierno, así como al Señor Giscard D’Estaing y al Señor Chirac. Asimismo, saludo a los Señores Ministros que nos acompañan, a los representantes de la UNESCO, al Señor Alcalde de París y a las demás Autoridades. No puedo olvidar a mis colegas del Instituto de Francia, que bien conocen la consideración que les profeso. Doy las gracias al Príncipe de Broglie por sus cordiales palabras. Nos veremos mañana por la mañana. Agradezco a la Delegación de la comunidad musulmana francesa que haya aceptado participar en este encuentro: les dirijo mis mejores deseos en este tiempo de Ramadán. Dirijo ahora un cordial saludo al conjunto del variado mundo de la cultura, que vosotros, queridos invitados, representáis tan dignamente.

Quisiera hablaros esta tarde del origen de la teología occidental y de las raíces de la cultura europea. He recordado al comienzo que el lugar donde nos encontramos es emblemático. Está ligado a la cultura monástica, porque aquí vivieron monjes jóvenes, para aprender a comprender más profundamente su llamada y vivir mejor su misión. ¿Es ésta una experiencia que representa todavía algo para nosotros, o nos encontramos sólo con un mundo ya pasado? Para responder, conviene que reflexionemos un momento sobre la naturaleza del monaquismo occidental. ¿De qué se trataba entonces? A tenor de la historia de las consecuencias del monaquismo cabe decir que, en la gran fractura cultural provocada por las migraciones de los pueblos y el nuevo orden de los Estados que se estaban formando, los monasterios eran los lugares en los que sobrevivían los tesoros de la vieja cultura y en los que, a partir de ellos, se iba formando poco a poco una nueva cultura. ¿Cómo sucedía esto? ¿Qué les movía a aquellas personas a reunirse en lugares así? ¿Qué intenciones tenían? ¿Cómo vivieron?

Primeramente y como cosa importante hay que decir con gran realismo que no estaba en su intención crear una cultura y ni siquiera conservar una cultura del pasado. Su motivación era mucho más elemental. Su objetivo era: quaerere Deum, buscar a Dios. En la confusión de un tiempo en que nada parecía quedar en pie, los monjes querían dedicarse a lo esencial: trabajar con tesón por dar con lo que vale y permanece siempre, encontrar la misma Vida. Buscaban a Dios. Querían pasar de lo secundario a lo esencial, a lo que es sólo y verdaderamente importante y fiable. Se dice que su orientación era «escatológica». Que no hay que entenderlo en el sentido cronológico del término, como si mirasen al fin del mundo o a la propia muerte, sino existencialmente: detrás de lo provisional buscaban lo definitivo. Quaerere Deum: como eran cristianos, no se trataba de una expedición por un desierto sin caminos, una búsqueda hacia el vacío absoluto. Dios mismo había puesto señales de pista, incluso había allanado un camino, y de lo que se trataba era de encontrarlo y seguirlo. El camino era su Palabra que, en los libros de las Sagradas Escrituras, estaba abierta ante los hombres. La búsqueda de Dios requiere, pues, por intrínseca exigencia una cultura de la palabra o, como dice Jean Leclercq: en el monaquismo occidental, escatología y gramática están interiormente vinculadas una con la otra (cf. L’amour des lettres et le desir de Dieu, p. 14). El deseo de Dios, le desir de Dieu, incluye l’amour des lettres, el amor por la palabra, ahondar en todas sus dimensiones. Porque en la Palabra bíblica Dios está en camino hacia nosotros y nosotros hacia Él, hace falta aprender a penetrar en el secreto de la lengua, comprenderla en su estructura y en el modo de expresarse. Así, precisamente por la búsqueda de Dios, resultan importantes las ciencias profanas que nos señalan el camino hacia la lengua. Puesto que la búsqueda de Dios exigía la cultura de la palabra, forma parte del monasterio la biblioteca que indica el camino hacia la palabra. Por el mismo motivo forma parte también de él la escuela, en la que concretamente se abre el camino. San Benito llama al monasterio una dominici servitii schola. El monasterio sirve a la eruditio, a la formación y a la erudición del hombre –una formación con el objetivo último de que el hombre aprenda a servir a Dios. Pero esto comporta evidentemente también la formación de la razón, la erudición, por la que el hombre aprende a percibir entre las palabras la Palabra.

Para captar plenamente la cultura de la palabra, que pertenece a la esencia de la búsqueda de Dios, hemos de dar otro paso. La Palabra que abre el camino de la búsqueda de Dios y es ella misma el camino, es una Palabra que mira a la comunidad. En efecto, llega hasta el fondo del corazón de cada uno (cf. Hch 2, 37). Gregorio Magno lo describe como una punzada imprevista que desgarra el alma adormecida y la despierta haciendo que estemos atentos a la realidad esencial, a Dios (cf. Leclercq, ibid., p. 35). Pero también hace que estemos atentos unos a otros. La Palabra no lleva a un camino sólo individual de una inmersión mística, sino que introduce en la comunión con cuantos caminan en la fe. Y por eso hace falta no sólo reflexionar en la Palabra, sino leerla debidamente. Como en la escuela rabínica, también entre los monjes el mismo leer del individuo es simultáneamente un acto corporal. «Sin embargo, si legere y lectio se usan sin un adjetivo calificativo, indican comúnmente una actividad que, como cantar o escribir, afectan a todo el cuerpo y a toda el alma», dice a este respecto Jean Leclercq (ibid., p. 21).

Y aún hay que dar otro paso. La Palabra de Dios nos introduce en el coloquio con Dios. El Dios que habla en la Biblia nos enseña cómo podemos hablar con Él. Especialmente en el Libro de los Salmos nos ofrece las palabras con que podemos dirigirnos a Él, presentarle nuestra vida con sus altibajos en coloquio ante Él, transformando así la misma vida en un movimiento hacia Él. Los Salmos contienen frecuentes instrucciones incluso sobre cómo deben cantarse y acompañarse de instrumentos musicales. Para orar con la Palabra de Dios el sólo pronunciar no es suficiente, se requiere la música. Dos cantos de la liturgia cristiana provienen de textos bíblicos, que los ponen en los labios de los Ángeles: el Gloria, que fue cantado por los Ángeles al nacer Jesús, y el Sanctus, que según Isaías 6 es la aclamación de los Serafines que están junto a Dios. A esta luz, la Liturgia cristiana es invitación a cantar con los Ángeles y dirigir así la palabra a su destino más alto. Escuchemos en ese contexto una vez más a Jean Leclercq: «Los monjes tenían que encontrar melodías que tradujeran en sonidos la adhesión del hombre redimido a los misterios que celebra. Los pocos capiteles de Cluny, que se conservan hasta nuestros días, muestran los símbolos cristológicos de cada uno de los tonos» (cf. Ibid., p. 229).

En San Benito, para la plegaria y para el canto de los monjes, la regla determinante es lo que dice el Salmo: Coram angelis psallam Tibi, Domine –delante de los ángeles tañeré para ti, Señor (cf. 138, 1). Aquí se expresa la conciencia de cantar en la oración comunitaria en presencia de toda la corte celestial y por tanto de estar expuestos al criterio supremo: orar y cantar de modo que se pueda estar unidos con la música de los Espíritus sublimes que eran tenidos como autores de la armonía del cosmos, de la música de las esferas. De ahí se puede entender la seriedad de una meditación de san Bernardo de Claraval, que usa un dicho de tradición platónica transmitido por Agustín para juzgar el canto feo de los monjes, que obviamente para él no era de hecho un pequeño matiz, sin importancia. Califica la confusión de un canto mal hecho como un precipitarse en la «zona de la desemejanza –en la regio dissimilitudinis. Agustín había echado mano de esa expresión de la filosofía platónica para calificar su estado interior antes de la conversión (cf. Confesiones VII, 10.16): el hombre, creado a semejanza de Dios, al abandonarlo se hunde en la «zona de la desemejanza» – en un alejamiento de Dios en el que ya no lo refleja y así se hace desemejante no sólo de Dios, sino también de sí mismo, del verdadero ser hombre. Es ciertamente drástico que Bernardo, para calificar los cantos mal hechos de los monjes, emplee esta expresión, que indica la caída del hombre alejado de sí mismo. Pero demuestra también cómo se toma en serio este asunto. Demuestra que la cultura del canto es también cultura del ser y que los monjes con su plegaria y su canto han de estar a la altura de la Palabra que se les ha confiado, a su exigencia de verdadera belleza. De esa exigencia intrínseca de hablar y cantar a Dios con las palabras dadas por Él mismo nació la gran música occidental. No se trataba de una «creatividad» privada, en la que el individuo se erige un monumento a sí mismo, tomando como criterio esencialmente la representación del propio yo. Se trataba más bien de reconocer atentamente con los «oídos del corazón» las leyes intrínsecas de la música de la creación misma, las formas esenciales de la música puestas por el Creador en su mundo y en el hombre, y encontrar así la música digna de Dios, que al mismo tiempo es verdaderamente digna del hombre e indica de manera pura su dignidad.

Para captar de alguna manera la cultura de la palabra, que en el monaquismo occidental se desarrolló por la búsqueda de Dios, partiendo de dentro, es preciso referirse también, aunque sea brevemente, a la particularidad del Libro o de los Libros en los que esta Palabra ha salido al encuentro de los monjes. La Biblia, vista bajo el aspecto puramente histórico o literario, no es simplemente un libro, sino una colección de textos literarios, cuya redacción duró más de un milenio y en la que cada uno de los libros no es fácilmente reconocible como perteneciente a una unidad interior; en cambio se dan tensiones visibles entre ellos. Esto es verdad ya dentro de la Biblia de Israel, que los cristianos llamamos el Antiguo Testamento. Es más verdad aún cuando nosotros, como cristianos, unimos el Nuevo Testamento y sus escritos, casi como clave hermenéutica, con la Biblia de Israel, interpretándola así como camino hacia Cristo. En el Nuevo Testamento, con razón, la Biblia normalmente no se la califica como “la Escritura”, sino como “las Escrituras”, que sin embargo en su conjunto luego se consideran como la única Palabra de Dios dirigida a nosotros. Pero ya este plural evidencia que aquí la Palabra de Dios nos alcanza sólo a través de la palabra humana, a través de las palabras humanas, es decir que Dios nos habla sólo a través de los hombres, mediante sus palabras y su historia. Esto, a su vez, significa que el aspecto divino de la Palabra y de las palabras no es naturalmente obvio. Dicho con lenguaje moderno: la unidad de los libros bíblicos y el carácter divino de sus palabras no son, desde un punto de vista puramente histórico, asibles. El elemento histórico es la multiplicidad y la humanidad. De ahí se comprende la formulación de un dístico medieval que, a primera vista, parece desconcertante: Littera gesta docet – quid credas allegoria… (cf. Augustinus de Dacia, Rotulus pugillaris, 1). La letra muestra los hechos; lo que tienes que creer lo dice la alegoría, es decir la interpretación cristológica y pneumática.

Todo esto podemos decirlo de manera más sencilla: la Escritura precisa de la interpretación, y precisa de la comunidad en la que se ha formado y en la que es vivida. En ella tiene su unidad y en ella se despliega el sentido que aúna el todo. Dicho todavía de otro modo: existen dimensiones del significado de la Palabra y de las palabras, que se desvelan sólo en la comunión vivida de esta Palabra que crea la historia. Mediante la creciente percepción de las diversas dimensiones del sentido, la Palabra no queda devaluada, sino que aparece incluso con toda su grandeza y dignidad. Por eso el «Catecismo de la Iglesia Católica» con toda razón puede decir que el cristianismo no es simplemente una religión del libro en el sentido clásico (cf. n. 108). El cristianismo capta en las palabras la Palabra, el Logos mismo, que despliega su misterio a través de tal multiplicidad y de la realidad de una historia humana. Esta estructura especial de la Biblia es un desafío siempre nuevo para cada generación. Por su misma naturaleza excluye todo lo que hoy se llama fundamentalismo. La misma Palabra de Dios, de hecho, nunca está presente ya en la simple literalidad del texto. Para alcanzarla se requiere un trascender y un proceso de comprensión, que se deja guiar por el movimiento interior del conjunto y por ello debe convertirse también en un proceso vital. Siempre y sólo en la unidad dinámica del conjunto los muchos libros forman un Libro, la Palabra de Dios y la acción de Dios en el mundo se revelan solamente en la palabra y en la historia humana.

Todo el dramatismo de este tema está iluminado en los escritos de san Pablo. Qué significado tenga el trascender de la letra y su comprensión únicamente a partir del conjunto, lo ha expresado de manera drástica en la frase: «La pura letra mata y, en cambio, el Espíritu da vida» (2 Cor 3, 6). Y también: “Donde hay el Espíritu… hay libertad” (2 Cor 3, 17). La grandeza y la amplitud de tal visión de la Palabra bíblica, sin embargo, sólo se puede comprender si se escucha a Pablo profundamente y se comprende entonces que ese Espíritu liberador tiene un nombre y que la libertad tiene por tanto una medida interior: «El Señor es el Espíritu, y donde hay el Espíritu del Señor hay libertad» (2 Cor 3,17). El Espíritu liberador no es simplemente la propia idea, la visión personal de quien interpreta. El Espíritu es Cristo, y Cristo es el Señor que nos indica el camino. Con la palabra sobre el Espíritu y sobre la libertad se abre un vasto horizonte, pero al mismo tiempo se pone una clara limitación a la arbitrariedad y a la subjetividad, un límite que obliga de manera inequívoca al individuo y a la comunidad y crea un vínculo superior al de la letra: el vínculo del entendimiento y del amor. Esa tensión entre vínculo y libertad, que sobrepasa el problema literario de la interpretación de la Escritura, ha determinado también el pensamiento y la actuación del monaquismo y ha plasmado profundamente la cultura occidental. Esa tensión se presenta de nuevo también a nuestra generación como un reto frente a los extremos de la arbitrariedad subjetiva, por una parte, y del fanatismo fundamentalista, por otra. Sería fatal, si la cultura europea de hoy llegase a entender la libertad sólo como la falta total de vínculos y con esto favoreciese inevitablemente el fanatismo y la arbitrariedad. Falta de vínculos y arbitrariedad no son la libertad, sino su destrucción.

En la consideración sobre la «escuela del servicio divino» –como san Benito llamaba al monaquismo– hemos fijado hasta ahora la atención sólo en su orientación hacia la palabra, en el «ora». Y de hecho de ahí es de donde se determina la dirección del conjunto de la vida monástica. Pero nuestra reflexión quedaría incompleta si no miráramos aunque sea brevemente el segundo componente del monaquismo, el descrito con el «labora». En el mundo griego el trabajo físico se consideraba tarea de siervos. El sabio, el hombre verdaderamente libre se dedicaba únicamente a las cosas espirituales; dejaba el trabajo físico como algo inferior a los hombres incapaces de la existencia superior en el mundo del espíritu. Absolutamente diversa era la tradición judaica: todos los grandes rabinos ejercían al mismo tiempo una profesión artesanal. Pablo que, como rabino y luego como anunciador del Evangelio a los gentiles, era también tejedor de tiendas y se ganaba la vida con el trabajo de sus manos, no constituye una excepción, sino que sigue la común tradición del rabinismo. El monaquismo ha acogido esa tradición; el trabajo manual es parte constitutiva del monaquismo cristiano. San Benito habla en su Regla no propiamente de la escuela, aunque la enseñanza y el aprendizaje –como hemos visto– en ella se daban por descontados. En cambio, en un capítulo de su Regla habla explícitamente del trabajo (cf. cap. 48). Lo mismo hace Agustín que dedicó al trabajo de los monjes todo un libro. Los cristianos, que con esto continuaban la tradición ampliamente practicada por el judaísmo, tenían que sentirse sin embargo cuestionados por la palabra de Jesús en el Evangelio de Juan, con la que defendía su actuar en sábado: «Mi Padre sigue actuando y yo también actúo» (5, 17). El mundo greco-romano no conocía ningún Dios Creador; la divinidad suprema, según su manera de pensar, no podía, por decirlo así, ensuciarse las manos con la creación de la materia. «Construir» el mundo quedaba reservado al demiurgo, una deidad subordinada. Muy distinto el Dios cristiano: Él, el Uno, el verdadero y único Dios, es también el Creador. Dios trabaja; continúa trabajando en y sobre la historia de los hombres. En Cristo entra como Persona en el trabajo fatigoso de la historia. «Mi Padre sigue actuando y yo también actúo». Dios mismo es el Creador del mundo, y la creación todavía no ha concluido. Dios trabaja, ergázetai! Así el trabajo de los hombres tenía que aparecer como una expresión especial de su semejanza con Dios y el hombre, de esta manera, tiene capacidad y puede participar en la obra de Dios en la creación del mundo. Del monaquismo forma parte, junto con la cultura de la palabra, una cultura del trabajo, sin la cual el desarrollo de Europa, su ethos y su formación del mundo son impensables. Ese ethos, sin embargo, tendría que comportar la voluntad de obrar de tal manera que el trabajo y la determinación de la historia por parte del hombre sean un colaborar con el Creador, tomándolo como modelo. Donde ese modelo falta y el hombre se convierte a sí mismo en creador deiforme, la formación del mundo puede fácilmente transformarse en su destrucción.

Comenzamos indicando que, en el resquebrajamiento de las estructuras y seguridades antiguas, la actitud de fondo de los monjes era el quaerere Deum –la búsqueda de Dios. Podríamos decir que ésta es la actitud verdaderamente filosófica: mirar más allá de las cosas penúltimas y lanzarse a la búsqueda de las últimas, las verdaderas. Quien se hacía monje, avanzaba por un camino largo y profundo, pero había encontrado ya la dirección: la Palabra de la Biblia en la que oía que hablaba el mismo Dios. Entonces debía tratar de comprenderle, para poder caminar hacia Él. Así el camino de los monjes, pese a seguir no medible en su extensión, se desarrolla ya dentro de la Palabra acogida. La búsqueda de los monjes, en algunos aspectos, comporta ya en sí mismo un hallazgo. Sucede pues, para que esa búsqueda sea posible, que previamente se da ya un primer movimiento que no sólo suscita la voluntad de buscar, sino que hace incluso creíble que en esa Palabra está escondido el camino –o mejor: que en esa Palabra Dios mismo se hace encontradizo con los hombres y por eso los hombres a través de ella pueden alcanzar a Dios. Con otras palabras: debe darse el anuncio dirigido al hombre creando así en él una convicción que puede transformarse en vida. Para que se abra un camino hacia el corazón de la Palabra bíblica como Palabra de Dios, esa misma Palabra debe antes ser anunciada desde el exterior. La expresión clásica de esa necesidad de la fe cristiana de hacerse comunicable a los otros es una frase de la Primera Carta de Pedro, que en la teología medieval era considerada la razón bíblica para el trabajo de los teólogos: «Estad siempre prontos para dar razón (logos) de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere» (3,15). (El Logos, la razón de la esperanza, debe hacerse apo-logia, debe llegar a ser respuesta). De hecho, los cristianos de la Iglesia naciente no consideraron su anuncio misionero como una propaganda, que debiera servir para que el propio grupo creciera, sino como una necesidad intrínseca derivada de la naturaleza de su fe: el Dios en el que creían era el Dios de todos, el Dios uno y verdadero que se había mostrado en la historia de Israel y finalmente en su Hijo, dando así la respuesta que tenía en cuenta a todos y que, en su intimidad, todos los hombres esperan. La universalidad de Dios y la universalidad de la razón abierta hacia Él constituían para ellos la motivación y también el deber del anuncio. Para ellos la fe no pertenecía a las costumbres culturales, diversas según los pueblos, sino al ámbito de la verdad que igualmente tiene en cuenta a todos.

El esquema fundamental del anuncio cristiano «ad extra» –a los hombres que, con sus preguntas, buscan– se halla en el discurso de san Pablo en el Areópago. Tengamos presente, en ese contexto, que el Areópago no era una especie de academia donde las mentes más ilustradas se reunían para discutir sobre cosas sublimes, sino un tribunal competente en materia de religión y que debía oponerse a la importación de religiones extranjeras. Y precisamente ésta es la acusación contra Pablo: «Parece ser un predicador de divinidades extranjeras» (Hch 17,18). A lo que Pablo replica: «He encontrado entre vosotros un altar en el que está escrito: ‘Al Dios desconocido’. Pues eso que veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo» (cf. 17, 23). Pablo no anuncia dioses desconocidos. Anuncia a Aquel, que los hombres ignoran y, sin embargo, conocen: el Ignoto-Conocido; Aquel que buscan, al que, en lo profundo, conocen y que, sin embargo, es el Ignoto y el Incognoscible. Lo más profundo del pensamiento y del sentimiento humano sabe en cierto modo que Él tiene que existir. Que en el origen de todas las cosas debe estar no la irracionalidad, sino la Razón creativa; no el ciego destino, sino la libertad. Sin embargo, pese a que todos los hombres en cierto modo sabemos esto –como Pablo subraya en la Carta a los Romanos (1, 21)– ese saber permanece irreal: Un Dios sólo pensado e inventado no es un Dios. Si Él no se revela, nosotros no llegamos hasta Él. La novedad del anuncio cristiano es la posibilidad de decir ahora a todos los pueblos: Él se ha revelado. Él personalmente. Y ahora está abierto el camino hacia Él. La novedad del anuncio cristiano no consiste en un pensamiento sino en un hecho: Él se ha mostrado. Pero esto no es un hecho ciego, sino un hecho que, en sí mismo, es Logos –presencia de la Razón eterna en nuestra carne. Verbum caro factum est (Jn 1,14): precisamente así en el hecho ahora está el Logos, el Logos presente en medio de nosotros. El hecho es razonable. Ciertamente hay que contar siempre con la humildad de la razón para poder acogerlo; hay que contar con la humildad del hombre que responde a la humildad de Dios.

Nuestra situación actual, bajo muchos aspectos, es distinta de la que Pablo encontró en Atenas, pero, pese a la diferencia, sin embargo, en muchas cosas es también bastante análoga. Nuestras ciudades ya no están llenas de altares e imágenes de múltiples divinidades. Para muchos, Dios se ha convertido realmente en el gran Desconocido. Pero como entonces tras las numerosas imágenes de los dioses estaba escondida y presente la pregunta acerca del Dios desconocido, también hoy la actual ausencia de Dios está tácitamente inquieta por la pregunta sobre Él. Quaerere Deum –buscar a Dios y dejarse encontrar por Él: esto hoy no es menos necesario que en tiempos pasados. Una cultura meramente positivista que circunscribiera al campo subjetivo como no científica la pregunta sobre Dios, sería la capitulación de la razón, la renuncia a sus posibilidades más elevadas y consiguientemente una ruina del humanismo, cuyas consecuencias no podrían ser más graves. Lo que es la base de la cultura de Europa, la búsqueda de Dios y la disponibilidad para escucharle, sigue siendo aún hoy el fundamento de toda verdadera cultura.

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2007/03/28

Carta de Julián Carrón a los miembros del Movimiento Católico Comunión y Liberación despues de la Audiencia con el Papa.

Milán, 28 de marzo de 2007

Queridos amigos:

La magnitud del acontecimiento que hemos vivido el sábado 24 de marzo en la Plaza de San Pedro marcará para siempre nuestra historia. Sólo la identificación con lo que ha sucedido con el tiempo nos hará descubrir todo su alcance.

El pueblo que somos, consciente de su fragilidad y, a la vez, de la gran suerte que hemos tenido por la gracia recibida, ha acogido a Benedicto XVI y se ha dejado abrazar por él.

No encuentro mejor modo de expresar lo que ha ocurrido que estas palabras de don Giussani, que volvimos a escuchar el sábado pasado: «Si Dios se hiciese hombre y viniese a vivir entre nosotros, si viniese ahora, si se hubiese colado entre el gentío, si estuviese aquí entre nosotros, reconocerle, a priori lo digo, debería ser fácil… por una excepcionalidad incomparable». «Qué sobresalto del corazón reconocerle –comenta una de vosotros–, haber podido decir: “¡Eres Tú!”. Ayer, entre la muchedumbre, ¡Él se hizo presente otra vez! Con esa excepcionalidad inconfundible de la Belleza y la Verdad que se hacen carne».

Todos hemos sido testigos de lo que es capaz de hacer Cristo si nos dejamos atraer por Él. Su atractivo, en efecto, se ha demostrado vencedor una vez más. Pero toda esta belleza no habría bastado si cada uno de nosotros no hubiera estado dispuesto a dejarse arrastrar por ella hasta el reconocimiento de Cristo presente. Ha sido, de nuevo, su belleza, secundada con sencillez de corazón, lo que ha generado el pueblo que todos han visto en Roma. ¡Gracias, amigos, por el testimonio que me habéis dado! Os invito a fijaros en cómo ha estado el Papa entre nosotros y a retomar continuamente lo que nos dijo –prestando atención también a “cómo” nos lo dijo–.

Por mi parte, quiero subrayar tres puntos:

1) el reconocimiento del origen personal del carisma: «El Espíritu Santo suscitó en la Iglesia, a través de él [don Giussani], un movimiento, el vuestro, que testimoniara la belleza de ser cristianos en una época en la que iba difundiéndose la idea de que vivir el cristianismo es algo fatigoso y opresivo». Esto ocurrió en primer lugar en don Giussani, herido por el deseo de la Belleza. Su experiencia se ha convertido en método: «volver a proponer de modo fascinante... el acontecimiento cristiano»;

2) la confirmación de la permanencia del carisma en la experiencia del movimiento. «El acontecimiento que cambió la vida del Fundador ha “herido” también a muchísimos de sus hijos espirituales». Por ello, «Comunión y Liberación es una experiencia comunitaria de la fe... originada por un encuentro renovado con Cristo... [que] todavía hoy se sigue ofreciendo como una posibilidad de vivir de modo profundo y actualizado la fe cristiana». De esa continuidad da testimonio el cambio que obra en nosotros el mismo acontecimiento que cambió a don Giussani;

3) una renovada invitación a la misión: «“Id a todo el mundo a llevar la verdad, la belleza y la paz que se encuentran en Cristo Redentor”. Hoy yo os invito a seguir por este camino». Para responder a esta tarea el Santo Padre nos ha dado una preciosa indicación de método: esto sólo será posible «con una fe profunda, personalizada y firmemente arraigada en el Cuerpo vivo de Cristo que garantice la contemporaneidad de Jesús con nosotros». Nos invita así a seguir un camino educativo en el que madure una fe tan profunda y personalizada «en total fidelidad y comunión con el Sucesor de Pedro y con los Pastores» que nos lleve a estar en la realidad «con una espontaneidad y una libertad que permitan nuevas y proféticas obras apostólicas y misioneras». De esta manera podemos colaborar con nuestro carisma, junto a nuestros Pastores, «para hacer presente el misterio y la obra salvífica de Cristo en el mundo».

Pedimos todos juntos a la Virgen que nos haga dignos de esta tarea, sosteniéndonos recíprocamente en la súplica para que cada uno diga su “sí”, que será tanto más verdadero cuanto más conscientes seamos de nuestra desproporción.
Seguimos rezando por el Papa, testigo apasionado de Cristo ante nosotros.

Feliz Pascua de Resurrección.

Julián Carrón

2007/03/24

“Cristo no nos salva a pesar de nuestra humanidad sino a través de ella”

papa.jpgMensaje de Benedicto XVI a los miembros de Comunión y Liberación en la audiencia del 24 de marzo en la Plaza de San Pedro.

Queridos hermanos y hermanas:

Es para mí un inmenso placer acogeros aquí hoy, en esta Plaza de San Pedro, con ocasión del XXV aniversario del reconocimiento pontificio de la Fraternidad de Comunión y Liberación. A cada uno de vosotros envío un saludo cordial, en particular a los prelados, sacerdotes y responsable presentes. De modo especial saludo a Don Julián Carrón, presidente de vuestra Fraternidad, y le agradezco las bellas y profundas palabras que me ha dirigido en nombre de todos vosotros. Mi primer pensamiento va dirigido a vuestro fundador, monseñor Luigi Giussani, a quien me unen tantos recuerdos y que se convirtió para mí en un verdadero amigo. Nuestro último encuentro, como ha señalado monseñor Carrón, fue en la catedral de Milán, en febrero, hace ahora dos años, cuando el amado Juan Pablo II me envió para presidir su solemne funeral.

El Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia, a través de él, un movimiento, el vuestro, que testimonia la belleza de ser cristianos en una época en la que domina la idea de que vivir el cristianismo es algo fatigoso y opresor. Don Giussani se empeñó entonces en despertar en los jóvenes el amor a Cristo, “Camino, Verdad y Vida”, repitiendo que sólo Él es el camino hacia la realización de los deseos más profundos del corazón del hombre, y que Cristo no nos salva a pesar de nuestra humanidad, sino a través de ella. Como dije en la homilía de su funeral, este valiente sacerdote, criado en una casa pobre de pan pero rica en música –como a él mismo le gustaba decir-, desde el principio fue tocado, incluso herido, por el deseo de la belleza, pero no de cualquier belleza. Buscaba la Belleza misma, la Belleza infinita que encontró en Cristo.

¿Cómo no recordar los muchos encuentros de Don Giussani con mi venerado predecesor Juan Pablo II? En una conmemoración tan significativa para vosotros, el Papa quiere repetiros una vez mas que la intuición pedagógica original de Comunión y Liberación consiste en volver a proponer de modo fascinante y en sintonía con la cultura contemporánea, el acontecimiento cristiano, percibido como fuente de valores nuevos y capaz de orientar toda la existencia.

El acontecimiento, que cambió la vida del fundador, ha “herido” también a sus muchos hijos espirituales, y ha dado lugar a las múltiples experiencias religiosas y eclesiales que forman la historia de vuestra vasta y articulada familia espiritual. Comunión y Liberación es una experiencia comunitaria de la fe, nacida en la Iglesia, no de una voluntad organizativa de la Jerarquía sino de un encuentro renovado con Cristo, y por eso podemos decir que es originada por un impulso que deriva en último término del Espíritu Santo. Hoy se ofrece como una posibilidad de vivir de modo profundo y actualizado la fe cristiana, por una parte con una total fidelidad y comunión con el Sucesor de Pedro y con los pastores que aseguran el gobierno de la Iglesia; y por otra con una espontaneidad y una libertad que generan nuevas y proféticas obras apostólicas y misioneras.

Queridos amigos, vuestro movimiento se inserta así en el amplio abanico de asociaciones, movimientos y nuevas realidades eclesiales suscitadas providencialmente por el Espíritu Santo en la Iglesia tras el Concilio Vaticano II. Todo don del Espíritu se encuentra originaria y necesariamente al servicio de la edificación del Cuerpo de Cristo, dando testimonio de la inmensa caridad de Dios por la vida de cada hombre.

La realidad de los movimientos eclesiales, por tanto, es signo de la fecundidad del Espíritu del Señor, porque ponen de manifiesto en el mundo la victoria de Cristo resucitado y comparten el mandato misionero confiado a toda la Iglesia. En el mensaje del Congreso mundial de los Movimientos eclesiales, el 27 de mayo de 1998, el Siervo de Dios Juan Pablo II concluyó repitiendo que, en la Iglesia, no hay contraposición entre la dimensión institucional y la carismática, de la cual los movimientos son una expresión significativa, porque ambas son esenciales en la constitución divina del Pueblo de Dios. En la Iglesia, también las instituciones esenciales son carismáticas y, por otra parte, los carismas deben, de un modo u otro, institucionalizarse para tener coherencia y continuidad. Así, ambas dimensiones, originadas por el mismo Espíritu Santo para construir el mismo Cuerpo de Cristo, caminan juntas para hacer presente el misterio y la obra salvífica de Cristo en el mundo.

Esto explica la atención con la que el Papa y los pastores miran la riqueza de los dones carismáticos en la época contemporánea. Con este propósito, durante un reciente encuentro con el clero y los párrocos de Roma, retomando la invitación de San Pablo en la Primera Carta a los Tesalonicenses a no apagar los carismas, les dije que si el Señor nos da nuevos dones debemos estar agradecidos, aunque alguna vez nos resulten incómodos. Al mismo tiempo, como la Iglesia es una, si los movimientos son realmente dones del Espíritu Santo, deben insertarse en la comunidad eclesial y servirla de tal modo que, en el diálogo paciente con los pastores, puedan constituir elementos edificantes para la Iglesia de hoy y de mañana.

Queridos hermanos y hermanas, el recordado Juan Pablo II, en otra ocasión para vosotros muy significativa, os confió este encargo: “Id a todo el mundo a llevar la verdad, la belleza y la paz que se encuentran en Cristo Redentor”. Don Giussani hizo de aquellas palabras el programa de todo el movimiento y para Comunión y Liberación fue el comienzo de un periodo misionero que os ha llevado a 80 países. Hoy yo os invito a seguir por este camino, con una fe profunda, personalizada y firmemente radicada en el Cuerpo vivo de Cristo, la Iglesia, que garantice la contemporaneidad de Jesús.

Terminamos este encuentro dirigiendo nuestro pensamiento a la Virgen con el rezo del Angelus. Hacia ella don Giussani alimentó una gran devoción, nutrida por la invocación Veni Sancte Spiritus, veni per Mariam y por la recitación del Himno a la Virgen de Dante, que habéis repetido esta mañana. Que la Virgen Santa os acompañe y os ayude a pronunciar generosamente vuestro “sí” a la voluntad de Dios en toda circunstancia. Podéis contar, queridos amigos, con mi oración, mientras con afecto os bendigo a los aquí presentes y a toda vuestra familia espiritual.

Saludo al Santo Padre Benedicto XVI de Julián Carrón

Audiencia con Su Santidad Benedicto XVI con ocasión del XXV aniversario del reconocimiento pontificio de la Fraternidad de Comunión y Liberación. Sábado 24 de marzo de 2007. Roma, Plaza de San Pedro

Saludo al Santo Padre Benedicto XVI de Julián Carrón
presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación
Santidad:

Una alegría inmensa: éste es el sentimiento que nos invade, a cada uno de nosotros; estamos contentísimos de poder encontrarnos con usted y compartir juntos este momento. Consiéntame que le dé las gracias de todo corazón en nombre de mis amigos por este don impagable.

Todavía sigue muy vivo en nuestra memoria el recuerdo de la última vez que nos encontramos con ocasión del funeral de don Giussani. Nunca podremos olvidar su conmovedora disponibilidad a venir a celebrarlo ni sus palabras llenas de afecto hacia él y de comprensión profunda de su persona. ¡Cuántas veces, desde entonces, nos hemos sorprendido hablando de don Giussani con las palabras que usted, Santidad, nos dirigió ese día para describir su personalidad: un hombre herido por la belleza, que no guiaba a las personas hacia sí mismo, sino hacia Cristo, y de este modo conquistaba los corazones!

De su testimonio incansable, hemos aprendido lo que usted no se cansa de repetir a todo el mundo desde que subió al Solio Pontificio: la belleza del cristianismo. Estamos fascinados por la belleza de Cristo, que la intensidad contagiosa de don Giussani hizo persuasiva para nosotros, hasta tal punto que cada uno de nosotros puede repetir con Jacopone da Todi: «Cristo me atrae por entero, ¡tal es su hermosura!». Esta belleza del cristianismo la hemos descubierto sin olvidar nada de lo auténticamente humano. Es más, para nosotros vivir la fe en Cristo coincide con la exaltación de lo humano. Todo el esfuerzo educativo de don Giussani ha consistido en mostrar la correspondencia de Cristo a todas las exigencias humanas auténticas. Él estaba convencido de que solamente una propuesta dirigida a la razón y a la libertad, y que cada uno pudiera verificar en su experiencia, podría interesar al hombre, porque es la única que puede hacer percibir su verdad, es decir, su conveniencia humana. De este modo mostró que es posible vivir la fe como hombres, usando plenamente la razón, la libertad y el afecto. Nosotros queremos seguir sus huellas.

Frente a tanta gracia es imposible no estremecerse por toda nuestra desproporción. Por este motivo hemos releído a menudo, especialmente en estos días de preparación al encuentro con usted, las palabras que don Giussani nos dirigió en 1984 con ocasión del trigésimo aniversario del nacimiento del movimiento:

«A medida que vamos madurando, nos convertimos en espectáculo para nosotros mismos y, Dios lo quiera, también para los demás. Espectáculo de límite y de traición, y por eso de humillación y, al mismo tiempo, de seguridad inagotable en la gracia que nos es dada y renovada todas las mañanas. De aquí procede ese atrevimiento ingenuo que nos caracteriza, que hace que concibamos cada jornada de nuestra vida como una ofrenda a Dios, para que la Iglesia exista en nuestros cuerpos y en nuestras almas, a través de la materialidad de nuestra existencia».

Conscientes de nuestra nada, pedimos cada día poder decir “sí” a la gracia que nos es dada para que podamos dar testimonio de ella a todos nuestros hermanos sin pretensiones, pero sin miedo. Estamos seguros de que, en este momento de confusión que el mundo está viviendo, el corazón del hombre, aunque esté herido, sigue siendo capaz de reconocer la verdad y la belleza, si las encuentra en el camino de la vida. Deseamos vivir la novedad que nos ha acontecido en todas las situaciones y en los ambientes donde transcurre nuestra existencia, confiando en poder dar testimonio en nuestra pequeñez de toda la belleza que ha invadido nuestra vida, para que otros puedan encontrarla.

De este modo, esperamos que se cumpla en nosotros lo que desde siempre fue el método de Dios para llegar a ser compañero de camino para todo hombre: dar la gracia a uno, para poder llegar a todos a través de él. Como la dio a don Giussani para que llegase a nosotros, igualmente nos la ha dado a nosotros para poder llegar a otros. Esto es lo que puede hacer posible el encuentro que es el origen de la fe cristiana, como usted, Santidad, nos ha recordado en su encíclica Deus caritas est: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.» (n. 1).

Por eso, en estos años, hemos intentado tomar en serio la llamada a la misión que el Siervo de Dios Juan Pablo II nos hizo con ocasión del trigésimo aniversario del movimiento: «Id a todo el mundo a llevar la verdad, la belleza y la paz que se encuentran en Cristo Redentor» (29 de septiembre de 1984). La difusión del carisma y el crecimiento de las comunidades del movimiento en todo el mundo muestran la misericordia de Dios, que ha querido que nuestro compromiso diera fruto. Viajando por el mundo he visto que un cristianismo vivido así, en sus elementos esenciales, puede encontrar gran aceptación en el corazón del hombre, más allá de toda cultura o religión.

Nuestro deseo es el que siempre movió el corazón de don Giussani: que en todo y por todo la fuerza persuasiva del movimiento sea «instrumento de la misión del único Pueblo de Dios» (Testimonio de don Luigi Giussani durante el encuentro del Santo Padre Juan Pablo II con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades. Plaza de San Pedro, Roma, 30 de mayo de 1998, n. 2); es decir, que el atractivo del carisma que hemos encontrado sea para el bien de la Santa Iglesia extendida en todo el mundo y presente en cada Iglesia particular.

Por esta razón hemos pedido un encuentro con usted, Santidad. Como usted sabe, la historia de nuestro movimiento siempre ha estado marcada por esta estrecha relación con la Sede Apostólica. Desde el principio don Giussani intentó vivir la gracia que había recibido en plena comunión con el sucesor de Pedro, el único que puede asegurar la autenticidad de cualquier camino: desde Pablo VI a Juan Pablo II. Nosotros somos testigos de la gratitud inmensa de don Giussani cuando Juan Pablo II reconoció la Fraternidad de Comunión y Liberación. Y tenemos grabado en nuestros ojos como expresó su total devoción delante de todos arrodillándose a los pies del Papa el 30 de mayo de 1998.

Con la misma devoción, hoy, acudimos al encuentro con usted en el 25 aniversario del reconocimiento pontificio de la Fraternidad y a dos años de la muerte de don Giussani, plenamente conscientes del valor del sucesor de Pedro para nuestra fe. Sin su testimonio, asegurado por el poder del Espíritu, el cristianismo decaería en una de las muchas variantes ideológicas que dominan el mundo.

Estamos aquí, Santo Padre, deseosos de escuchar tanto sus indicaciones como las correcciones que quiera hacernos para el camino que tenemos delante, convencidos de que, siguiéndole, el don del carisma que nos ha fascinado podrá ser útil para toda la Iglesia y para el mundo. Meditaremos sus palabras y, estoy seguro de que hablo en nombre de cada uno de mis amigos, nos comprometemos a vivirlas con todas nuestras capacidades, con la certeza de la compañía apasionada de don Giussani a nuestra vida.

Julián Carrón

2005/11/10

Carron @ LaRazon de España

Religión (image placeholder)
Julián Carrón: «Ningún poder del mundo podrá derrotar jamás al cristianismo»

«Quizá los ataques que recibe la Iglesia se deban al nerviosismo de algunos que le daban por muerto»
Álvaro de Juana/Álex Rosal
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Julián Carrón es el responsable del movimiento Comunión y Liberación
Madrid- Julián Carrón es el sucesor de Luigi Giusanni, fundador del movimiento Comunión y Liberación; una de las realidades eclesiales con mayor presencia en la Iglesia católica.

  • ¿Cuál cree que fue la mayor aportación que realizó monseñor Giusanni a la vida de la Iglesia?

  • Su mayor aportación fue la claridad con la que indicó la naturaleza propia del cristianismo ya en un momento en que nada hacía presagiar lo que ahora tenemos delante. Cuando empezó en un instituto de bachillerato en Milán en 1954 se dio cuenta de que ya el cristianismo no conseguía generar una mentalidad nueva en muchos cristianos. Aunque seguían participando en la vida de la Iglesia, su forma de pensar estaba ya influenciada por la mentalidad dominante. Hoy lo comprendemos mejor porque nos resulta difícil identificar un cristiano por su mentalidad. Don Giussani propuso el cristianismo como un acontecimiento que tiene lugar en un encuentro que es el inicio de un camino en el que uno comprueba la novedad de vida que el cristianismo introduce. Su genialidad ha consistido en haber propuesto un método educativo que ha generado un pueblo.


  • ¿Le da vértigo ser el sucesor del fundador de Comunión y Liberación y estar al frente de un movimiento tan vigoroso y pujante?

  • El movimiento lo genera continuamente Cristo por el don de su Espíritu. Es Él quien fascina la vida de los que le encuentran. A mí lo único que me preocupa es estar sin reservas ante el acontecimiento de Cristo y tener la sencillez de corazón de decir «sí». Si con este «sí» el Señor quiere hacer algo, bienvenido sea. Yo no pretendo emular la genialidad única de don Giussani; me conformo con ser su hijo, tratando de vivir el cristianismo como lo he visto en él.


  • Para todos– ¿Cómo se plantea desde C y L la «Nueva Evangelización» propuesta por Juan Pablo II ante esta sociedad cada vez más secularizada?

  • Concebimos la nueva evangelización como el testimonio de la belleza del cristianismo que hemos encontrado. Todos nuestros gestos, desde los pequeños y cotidianos a los grandes como el Meeting de Rímini, que reúne cerca de un millón de personas, no tienen otro objetivo que dar testimonio de Cristo, de la vida nueva que nace de la relación con Él. El cristianismo es fácil, es para todos, basta ceder al atractivo de su belleza cuando uno lo encuentra. Por eso, no tienen nada que hacer quienes lo combaten. Se puede derrotar un cristianismo reducido a ética, pero no un cristianismo que sucede como un acontecimiento que apasiona por su belleza. Ningún poder de este mundo podrá evitar que el cristianismo resurja siempre por su belleza totalmente correspondiente al deseo del corazón humano.


  • Benedicto XVI comentó que el objetivo de la Jornada Mundial de la Juventud era «mostrar a los jóvenes lo bonito que es ser cristianos, ya que existe la idea difundida de que los cristianos deben observar un inmenso número de mandamientos, prohibiciones, principios, etcétera, y que por lo tanto el cristianismo es, según esta idea, algo que cansa y oprime la vida y que se es más libre sin todos estos lastres». ¿Considera que hay un exceso de moralismo en la predicación de las últimas décadas?

  • Si el mismo Papa sostiene que reducir el cristianismo a un conjunto de preceptos es una idea difundida, algo tendrá que ver el modo con el que es presentado en muchas ocasiones el cristianismo. Benedicto XVI no ha sido el primero. Juan Pablo I lo expresó con mucha agudeza al decir: «Hemos cambiado el asombro del Evangelio por las reglas».


  • ¿Qué elementos debería tener una auténtica transmisión de la fe cristiana?

  • Un encuentro con un hombre que suscita una novedad por la fuerza de sus palabras, por la intensidad de la experiencia que tiene de la vida, por el atractivo que ejerce en quien la encuentra. Esta experiencia de encontrar una persona excepcional fue la que llevó a los que encontraron a Jesús a decir: «Nunca hemos visto una cosa igual». Este encuentro despierta una curiosidad especial, porque uno percibe que en esa persona se cumple la vida que uno desea vivir y no sabe cómo llegar a ella. Uno tiene ante ella el presentimiento de la verdad. El cristianismo se propone al hombre como respuesta gratuita a su exigencia de encontrar una razón para vivir, una respuesta a las exigencias originales de su corazón. Jesús lo resume diciendo que el que le siga recibirá el ciento por uno, es decir, disfrutará de la vida cien veces más, será capaz de una intensidad en las relaciones cien veces mayor, experimentará un gusto del vivir cien veces más grande. En una auténtica experiencia cristiana, todo se multiplica infinitamente.


  • ¿No cree que hay un peligro en la vivencia de nuestro cristianismo de volver a repetir la herejía pelagiana de los primeros siglos al no dejar espacio para la Gracia?

  • Peligros siempre existen en una realidad como el cristianismo que vive en la Historia y es susceptible a los influjos más variados: pelagianismo, espiritualismo, etcétera. Se puede subrayar tanto un aspecto del hecho cristiano más en consonancia con la mentalidad dominante o con la propia sensibilidad, que otros aspectos que quedan en el olvido. A veces sin negarlos explícitamente, tienen tan poco espacio en la vida cristiana que acaban casi por desaparecer en la práctica. La reducción del cristianismo a ética es una tentación hoy bastante frecuente, en su versión moderna de reducción del cristianismo a la coherencia con un conjunto de valores, dictados por la mentalidad dominante.


  • ¿Cuál es la misión de las realidades eclesiales de la Iglesia católica?

  • Su misión es la de dar testimonio en medio de los hombres de esta belleza. Llevarlo allí donde vive la gente: el trabajo, la familia, las relaciones, el tiempo libre. Veo constantemente gente lejana de la experiencia cristiana que ha vuelto a interesarse por el cristianismo cuando lo encuentra encarnado en una realidad viva. No estamos hechos para la nada, sólo esperamos encontrar algo interesante para que nuestro corazón salte de alegría dentro de nosotros. Pese a todos los ataques que sufre, el cristianismo interesa más que nunca. Quizá los ataques que recibe se deban al nerviosismo que genera en algunos que ya daban por muerto el cristianismo.

2005/11/09

La Vanguardia-2005.11.07 Julian Carron

ENTREVISTA a Julián Carrón, sacerdote y presidente del movimiento eclesial Comunión y Liberación
"España necesita diálogo entre política y religión"
Roma. Corresponsal MARÍA-PAZ LÓPEZ -  07/11/2005
Hace ocho meses que un sacerdote español, Julián Carrón Pérez, lidera desde Italia la Fraternidad de Comunión y Liberación (CL), movimiento eclesial fundado carismático sacerdote Luigi Giussani el pasado febrero en Milán. Julián Carrón, de 55 años, doctor en Teología, ha sido uno de los padres sinodales designados por Benedicto XVI para el sínodo sobre la eucaristía celebrado en el Vaticano del 2 al 23 de octubre. Comunión y Liberación - un movimiento de cariz educativo, presente en 70 países, entre ellos España con unos 3.000 fieles- organiza cada año en Rímini (costa nordeste de Italia) el Meeting de Rímini, un encuentro de debate con políticos, intelectuales, y otros profesionales.
¿Tiene pensado Comunión y Liberación exportar a España el Meeting de Rímini?
De momento, no es posible. El Meeting no es sólo un escaparate; es un gesto de todo un movimiento, para el que van a Rímini dos mil voluntarios pagándose la estancia, más los que trabajan en él habitualmente. Es un ejemplo de cómo vivir el cristianismo hoy de modo no vergonzante, no en las catacumbas, no sólo en la vida privada, sino poniéndose sin miedo delante de todos, a debatir con todos. Porque invitamos al Meeting a personas de todos los ámbitos e ideologías: políticos, sindicalistas, banqueros, gente de izquierdas, gente de derechas, gente de las ONG, de distintas realidades eclesiales, de Acción Católica, de otros movimientos... Es la ocasión de ver qué nace de una educación cristiana como la que hemos recibido, y de estar presentes en la realidad, con toda razón y libertad. A un nivel más reducido, en España hacemos el Encuentro Madrid, que es un fin de semana.
- Quizá a España le conviene un foro de diálogo organizado entre política y religión, dos ámbitos que han estado muy enfrentados.
Estoy de acuerdo. En Italia se sorprenden de ese nivel de enfrentamiento, porque aquí el debate político a todo campo es muy rico y variado. Con todo, incluso aquí, donde existe un gran tensión entre izquierdas y derechas, se sorprenden de que exista un lugar como el Meeting de Rímini. En Comunión y Liberación, por la educación recibida, por el hecho de haber nacido dialogando, se nos da bien hablar con todos, incluidas las otras religiones.Tenemos fama de tener una identidad clara, y hay quien cree que eso es un obstáculo, pero es lo que nos ayuda; tenemos relaciones estupendas con judíos y musulmanes. El año pasado invitamos al Meeting al subdirector de Al Jezira... Se trata de reconocer la parte de verdad y belleza que hay en toda persona, sea cual sea su credo o posición ideológica. Y con un debate tranquilo, sin enfadarse. En la medida en que crezcamos, queremos llevarlo a España, que necesita más diálogo entre política y religión. Pero ahora aún es muy difícil organizar dos gestos del calibre del Meeting dentro de un mismo movimiento.
- Durante el sínodo, ¿le pareció que los obispo esperaban alguna contribución especial de los movimientos respecto de la eucaristía?
- Los obispos esperan que los movimientos aporten su capacidad educativa, porque es lo que sienten más necesario; para la recepción de la eucaristíca se precisa la fe, la educación en la fe. La eucaristía es la culminación de la vida cristiana, y los movimientos, como otras instancias eclesiales, pueden aportar mucho en el surgimiento y en la maduración de la fe.
- ¿Y qué aporta Comunión y Liberación?
- Luigi Giussani recuperó del cristianismo la palabra "acontecimiento"; el cristianismo no es sólo la repetición verbal de un mensaje, sino el testimonio de la persona cambiada. Yo siempre digo que el cristianismo se comunica por envidia; porque uno ve en el otro realizado lo que a uno le gustaría que su propia humanidad fuera. No se trata de una repetición ortodoxa de un discurso limpio y correcto; eso no genera un cristiano. Es la misma diferencia que hay entre leer un libro sobre el amor y enamorarse. Y esto es muy importante en la transmisión de la fe, porque habíamos creído que bastaba una catequesis correcta, y sólo eso no ha sido suficiente. En tantas ocasiones vemos cómo en los países de tradición cristiana la fe se ha transmitido mal. -
¿Cómo proponen hacerlo, entonces?
- Lo decía don Giussani, y yo lo he visto en mis años de profesor. Lo apasionante es proponer el cristianismo no como algo que el creyente debe hacer,sino como un reto a la razón; no como una moral en primer lugar, sino como una respuesta a las exigencias del corazón, respuesta que tiene la pretensión de ser verdadera. Yo veía en clase que la gente que más se interesaba por esto no era la que no tenía nada que hacer, o la que era buenecita, muy piadosa... A los que más llamaba era a los inteligentes, a los más vivos, porque veían más retada su propia humanidad.